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La salud invisible: estar bien es mucho más que no estar enfermo

por Redacción LMS

Cada día hablamos de salud.

Hablamos de alimentación, ejercicio, revisiones médicas, peso, tensión arterial, colesterol o calidad del sueño.

Medimos pasos, calorías, pulsaciones y horas de descanso. Utilizamos aplicaciones, relojes inteligentes y dispositivos capaces de registrar casi cualquier dato relacionado con nuestro cuerpo.

Y, sin embargo, rara vez nos detenemos a preguntarnos qué significa realmente estar bien.

Con frecuencia confundimos la salud con la ausencia de enfermedad.

  • No tener dolor.
  • No tomar medicación.
  • No recibir un diagnóstico.
  • No faltar al trabajo.
  • Poder continuar con nuestra rutina.

Pero seguir funcionando no siempre significa estar saludable.

Una persona puede levantarse cada mañana, cumplir con sus obligaciones, atender a su familia, trabajar, hacer la compra y responder mensajes mientras, poco a poco, pierde energía, motivación y capacidad para disfrutar.

Desde fuera puede parecer que todo va bien.

Pero por dentro puede estar acumulándose un desgaste que todavía no tiene nombre.

¿Cuántas veces confundimos ser capaces de seguir adelante con encontrarnos realmente bien?

La salud que podemos medir

Existe una parte visible de la salud.

Es la que aparece en los informes, las pruebas diagnósticas y los indicadores físicos.

  • El peso corporal.
  • La tensión arterial.
  • Los niveles de glucosa y colesterol.
  • La frecuencia cardiaca.
  • Las horas de sueño.
  • La capacidad respiratoria.

Todos estos datos son importantes. Nos ayudan a prevenir, detectar problemas y tomar mejores decisiones.

Pero existe otra dimensión mucho más difícil de cuantificar.

La salud invisible

Es la energía con la que comenzamos el día.

  • La capacidad de concentrarnos.
  • La forma en la que respondemos ante una dificultad.
  • La calidad de nuestras relaciones.
  • La tranquilidad con la que dormimos.
  • Las ganas de aprender, conversar, movernos y participar en la vida.

Es también la capacidad de detenernos antes de alcanzar el agotamiento.

Esa salud apenas aparece en una analítica.

Sin embargo, determina profundamente cómo vivimos.

El cuerpo puede continuar mientras la persona se desgasta

Nuestro organismo posee una extraordinaria capacidad de adaptación.

Podemos dormir mal durante varias noches y seguir trabajando.

Podemos vivir sometidos a estrés durante meses y continuar cumpliendo nuestras responsabilidades.

Podemos alimentarnos mal, permanecer demasiado tiempo sentados o ignorar señales de cansancio sin notar consecuencias inmediatas.

Pero que el cuerpo sea capaz de resistir no significa que el desgaste no exista.

El cuerpo también tiene memoria.

  • Acumula falta de sueño.
  • Acumula tensión.
  • Acumula sedentarismo.
  • Acumula preocupaciones que nunca terminamos de procesar.

Y cuando finalmente aparecen los síntomas, solemos pensar que el problema comenzó ese día.

Pero muchas veces empezó mucho antes.

Comenzó en pequeños hábitos repetidos, en descansos aplazados, en emociones ignoradas y en señales a las que no prestamos atención.

La prevención comienza antes del diagnóstico

Prevenir no consiste únicamente en hacerse revisiones médicas.

También significa aprender a observar cómo vivimos.

  • Cómo respiramos.
  • Cómo descansamos.
  • Cómo nos alimentamos.
  • Cómo nos movemos.
  • Cómo nos hablamos a nosotros mismos.

Y cómo afectan a nuestro cuerpo las personas, las preocupaciones y los entornos que nos rodean.

La salud se construye muchas veces en decisiones pequeñas que parecen insignificantes.

Levantarnos y caminar después de permanecer mucho tiempo sentados.

Salir al exterior y recibir luz natural.

Preparar una comida sencilla y equilibrada.

Reducir estímulos antes de dormir.

Hablar de aquello que nos preocupa.

Reservar tiempo para algo que despierte nuestra curiosidad o nos produzca alegría.

Ninguna de estas acciones garantiza por sí sola una vida saludable.

Pero repetidas con continuidad pueden cambiar profundamente nuestra forma de vivir.

Tal vez debamos dejar de preguntarnos únicamente si estamos enfermos y empezar a preguntarnos si nuestra forma de vivir nos está ayudando realmente a estar bien.

No todo lo importante aparece en una aplicación

Vivimos en una época fascinada por los datos.

Y los datos pueden ayudarnos mucho.

Un reloj puede indicarnos cuánto hemos dormido.

Pero no puede explicar por qué nos acostamos preocupados.

Puede registrar nuestras pulsaciones.

Pero no comprender qué conversación nos aceleró el corazón.

Puede contar nuestros pasos.

Pero no saber si caminamos disfrutando o intentando escapar de nuestros pensamientos.

La tecnología mide comportamientos.

Las personas necesitamos comprender significados.

Cuanta más información obtenemos sobre nuestro cuerpo, más importante resulta aprender a escucharlo.

Ser más saludables nos hace más humanos

Cuidarnos no consiste en convertir nuestra vida en una sucesión de normas, restricciones y objetivos.

Tampoco consiste en perseguir una perfección física imposible.

Consiste en crear las condiciones necesarias para vivir con mayor presencia, energía y libertad.

Cuando descansamos mejor, pensamos con mayor claridad.

Cuando nos movemos, recuperamos confianza en nuestro cuerpo.

Cuando nos alimentamos de manera consciente, dejamos de tratar la comida como una reacción automática.

Cuando reducimos el estrés, escuchamos mejor a los demás.

Cuando cuidamos nuestra salud emocional, respondemos con menos miedo y más serenidad.

Todo ello no solo mejora determinados indicadores.

Nos permite estar más disponibles para la vida.

Más presentes en una conversación.

Más atentos a las personas que queremos.

Más abiertos a aprender.

Más capaces de disfrutar.

Y, en definitiva, más humanos.

Una forma diferente de entender el bienestar

Quizá la salud del futuro no dependa solamente de mejores tratamientos, nuevos medicamentos o dispositivos más precisos.

Todo ello será fundamental.

Pero también dependerá de nuestra capacidad para comprender que el cuerpo, la mente, las relaciones y el entorno no funcionan por separado.

Somos un sistema.

Lo que pensamos afecta a nuestro cuerpo.

Lo que hacemos con nuestro cuerpo modifica nuestro estado emocional.

Las personas con las que convivimos influyen en nuestros hábitos.

Y el entorno en el que vivimos puede facilitarnos o dificultarnos estar bien.

La salud más importante no siempre se ve.

Pero se nota en la forma de levantarnos, de relacionarnos, de afrontar una dificultad y de disfrutar de un momento sencillo.

Porque cuidarnos no solo nos ayuda a vivir más y mejor.

También nos ayuda a ser más humanos.

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